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John Lee Hancock (The Blind Side, Al encuentro de Mr. Banks) firma su largo más inspirado hasta la fecha; una virtud en buena medida deudora del libreto de Robert D. Siegel, a partir del cual se produce un distanciamiento considerable de los subproductos bienintencionados que ha facturado el director habitualmente. Y es que las formas suaves y hasta simpáticas de Hambre de Poder, biopic en torno a Ray Crok (Michael Keaton en la pantalla), alma máter de la franquicia McDonald´s, cobran una dimensión de cáustica perversidad gracias a su fricción con unos diálogos cargados de mala baba que dan cuenta de la transición de la América del comerciante humilde y esforzado a los Estados Unidos del capitalismo corporativo.

Eso sí: no todos los méritos residen en el sencillo pero agudo guion. Unos entonados Nick Offerman y John Carroll Lynch, amén del recital de patetismo que ofrece Keaton, reafirman la solidez de la propuesta. Por su parte, Hancock abandona, aunque sea puntualmente, la corrección formal para permitirse estimulantes desvíos retóricos: pensamos en el divertido plano a cámara lenta, con ecos publicitarios, de una mujer joven degustando su hamburguesa -revelación de tintes epifánicos para el empresario protagonista, quien descubre en ese instante la transformación colectiva por venir: el paso de lo comunitario a lo consumista masificado-, o la escena adscrita al lenguaje del documental televisivo que les brinda a los McDonald el protagonismo que la historia les robó.

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Hambre de Poder es, más allá de su perspicacia crítica -las equiparaciones de las vicisitudes empresariales con las religiosas no tienen precio- y de la incomodidad esencial que produce la fusión de lo amable con lo atroz, una película modesta, de escaso espesor dramático y exenta de signos de grandeza. Una de esas producciones basadas en hechos reales que se conforman con ser fieles a una historia contada con claridad y profusión de anécdotas para el consumo y olvido instantáneos por parte de un público middle-class. El aspecto más memorable, tan digno de los tiempos que corren, es su leit motiv narrativo: el pulso constante entre las figuras del pionero (el visionario Dick McDonald) y el fundador (el entusiasta e inescrupuloso Crok). Una pugna entre dos modelos antagónicos de lo americano que se salda con el sacrificio de los valores fundacionales de la nación en el altar del capitalismo de la especulación mercantil. Es difícil no leer su maliciosa coda, ubicada en tiempos de Ronald Reagan, en relación a los albores de la era Trump.

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